MAYRA CASTAÑEDA

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    ¿Qué se siente?

    04 Jul 14 - 11:01

                    


        










    Por Mayra Castañeda


     
    Cuando era niña y alguien me hacía alguna “maldad” era menester regresarla y acto seguido preguntar “¿Qué se siente?”; desde luego se trataban de travesuras menores y no mediaba dolo (en el concepto de adulto), ni siquiera era por “venganza”, un constructo demasiado complejo para esa edad. Resultaba más una imitación de conductas del contexto. Lo que no sabía era lo arraigado que estaba en nuestra sociedad este tipo de conductas y desde luego, sus consecuencias. Pero en este caso el fenómeno no será materia de análisis, lo dejaremos para otra ocasión. En este caso lo que tomaré es justamente esa pregunta “¿Qué se siente?” hoy me asaltó esta duda  y es que ha estado rebotando toda la mañana en mi cabeza “¿Qué se siente vivir en un país donde apresan a un luchador social mientras los verdaderos delincuentes están libres y paseándose frente a la “autoridad”?”, “¿Qué se siente que el gobierno, que debería velar por los derechos de todos los mexicanos, pero sobre todo de los más desfavorecidos, venda los bienes nacionales a extranjeros?”, “¿Qué se siente que miles de “políticos” se paseen por todas partes ostentando su riqueza mientras  los niños migrantes (que han sido enviados a EU por necesidad y no por gusto) sufran, como delincuentes, maltratos y vejaciones?”
    Estas son preguntas difíciles de contestar sobre todo porque en este momento, quienes leemos noticias, observamos las redes sociales y no tenemos una televisión en casa (por decisión y convicción) hemos vivido un proceso muy complejo, que nos ha confinado a un grupo social muy particular. Al principio creo que todos nos indignamos, lloramos, pataleamos, salimos a la calle inclusive, gritamos y protestamos cada uno desde nuestra trinchera, ahora, a más de 2 años (en el mejor de los casos) de este desgastante proceso, sólo nos queda preguntarnos ¿Se siente algo?
    Lo cierto es que caer presa de la desesperanza es de lo más sencillo, empezar a pensar “si no puedo hacer nada, si de todas formas se van a salir con la suya, si el cinismo ha rebasado las barreras de la lógica, de lo coherente, de la congruencia mínima, ¿qué queda? Sólo ver por mí y por los míos”… ¡y ahí ya caímos en su juego!; ellos, los que no tienen empacho en ofrecer recompensa por conocer a aquellos que hicieron públicos sus robos y triquiñuelas, los que llegaron al poder comprando con una torta o una estufa (o con una porra) a miles de personas que hoy no tienen ni para comer, aquellos que fueron incapaces de encontrar a una niña bajo su colchón y ahora encuentran cientos de armas de alto poder en una camioneta comprada a plazos por un médico y no dudan en humillarlo públicamente y negarle su medicamento, ellos,  han ganado en el momento en que nosotros nos rindamos.
    Y lo que si deberían es empezar a tenernos miedo, porque así como se muestran cínicos, “poderosos”, altaneros, prepotentes, así se mostraba María Antonieta, Fulgencio Batista, el propio Pinochet, antes de caer y es que lo cierto es que nos han querido hacer creer que nada podemos hacer contra sus  trampas y argucias, que el “poder” es tan suyo, porque lo han comprado, porque ellos son los dueños del dinero, que nosotros somos millones de indefensos pobladores-súbditos (que no ciudadanos) que deben rendirse y no intentar. Pero esa realidad, construida con en gaños para contenernos, es la misma que nos puede servir como detonador para empezar a actuar ¿Cómo? No es necesario salir a la calle con un arma, como lo hizo el Dr. Mireles, no todos estamos obligados a tener ese valor y quizá la indignación no nos dé para tanto. Pero por ejemplo, nosotros, los maestros, quienes se supone que tenemos más armas que otros profesionales, por lo menos en nuestra formación inicial así debió haber sido, y podemos asumir una posición crítica,  ¿Por qué no empezar a platicar entre nosotros? ¿Por qué no hacer el debate en nuestras escuelas ahora que casi no hay niños o que van sólo por no estar en sus casas? ¿Por qué no invitar a los propios padres de familia a abrir la discusión sobre estos temas? Se acusa a la escuela de que se encuentra aislada de la realidad ¿Por qué no empezar a vincularla realmente a lo que sucede a nuestro alrededor?
    El diálogo es un arma muy poderosa, no sabemos hasta dónde, de una simple plática, pueden surgir acciones concretas, por ejemplo, dejar de consumir productos de los grandes monopolios que sólo nos enferman, empezar a fortalecer el consumo popular de los productores que venden directamente en nuestras ciudades, organizarnos para hacer círculos de estudio, hacer un huerto vecinal, empezar a construir sociedad, a afianzar los lazos que nos unen como seres humanos, cultivar la reciprocidad, compartir lo que tenemos con otros, colaborar con quienes están tratando de construir un mundo diferente, cambiar el grito por la palabra, el regaño y la vejación por el análisis, abrir un libro en lugar de prender la televisión, en fin,  las acciones son muchas, las posibilidades se multiplican cuando nos reunimos y eso, justamente, es a lo que le temen tanto esos cínicos, a que, cuando por fin abramos los ojos y echemos a la desesperanza de una patada, empecemos a encontrar las maneras de cortarles su “infinito” modus vivendi que nos sangra y destruye ¿por qué no empezar hoy mismo? Y pronto les estaremos preguntando a ellos “¿Qué se siente?”

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